
Pero nada.
Definitivamente, había perdido precisión en los dedos, antaño infalibles. Volvió a intentarlo, cambiando de víctima. Fue inútil. No lograba arrebatarle la vida a nadie.
–¿Nos vamos ya? –dijo una voz lúgubre a su espalda.
Por toda respuesta, el francotirador cargó de nuevo el rifle con obstinación de sonámbulo.
–Sólo tengo
que concentrarme un poco –se dijo mientras limpiaba el visor del arma. Luego apuntó
con cautela. Sentada tras
él, la Muerte consultó su reloj y encendió pacientemente un cigarrillo.
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