jueves, 21 de agosto de 2014

Espejismo

Aunque permanezcas quieta en tu asiento, aunque claves la mirada en el horizonte, aunque te empeñes en no vernos, tú y yo seguiremos besándonos en el retrovisor.


 Víctor Lorenzo (del blog Realidades para lelos)

Imagen: Elliot Erwitt

lunes, 4 de agosto de 2014

Néstor salta

                        Para Juan Bonilla

-Damas y caballeros, comienza la función. ¿Ven el círculo rojo en mitad de la pista? Ahí tendrá lugar el impacto. ¿Y el trampolín que se alza sobre sus respetables cabezas? Desde esa altura se arrojará en picado Néstor, nuestro intrépido suicida de hoy, a quien la posteridad aguarda impaciente. Confío en que admiren su aerodinámico smoking, cortesía de nuestros patrocinadores. Como de costumbre, lo subastaremos entre ustedes tras el imponente salto. Pero basta ya de prolegómenos. ¿Qué tal si nos dedicas un último saludo, Néstor?
Sentado en el trampolín con la mirada perdida, Néstor levanta obediente una mano.
(Pausa publicitaria).
-Gracias, amigo -prosigue el locutor tras los anuncios-. Un saludo conmovedor, que recibirán en diferido quienes nos siguen vía satélite, al otro lado del mar. Ahora ruego a todos los presentes que apaguen sus móviles y contengan la respiración. Néstor debe concentrarse.
Suena un redoble de tambor.
Néstor salta.
El público aplaude con frenesí.

domingo, 27 de julio de 2014

La isla del tesoro

Cortando la maleza con machetes, avanzábamos despacio hacia el interior de la isla. Por fin estábamos sobre la pista correcta. Un último esfuerzo y encontraríamos el legendario tesoro del capitán Morgan.
-Aquí-dijo Gucio, mi compañero, y clavó el machete en el suelo bajo un baobab de amplias ramas. Era el lugar que, antaño, en un mapa cifrado, había señalado con una cruz la propia mano del capitán.
Tiramos los machetes y agarramos las palas. Pronto descubrimos un esqueleto humano.
-Todo concuerda -dijo Gucio-. Bajo el esqueleto debe haber un cofre.
Allí estaba. Lo sacamos del hoyo y lo pusimos debajo del babobab. El sol llegaba a su cenit, los monos, excitados, saltaban de una rama a otra; el esqueleto mostraba sus dientes sonriente. Respirando pesadamente, nos sentamos encima del cofre.
-Quince años -dijo Gucio.
Era el tiempo que había transcurrido desde que empezáramos a buscar el tesoro.
Apagamos los cigarrillos y cogimos unas barras de hierro. Los monos gritaban cada vez más, al igual que los loros. Finalmente, la tapa cedió.
En el fondo del cofre yacía una hoja de papel y en ella estaba escrito: "Besadme el culo. Morgan."
-El objetivo nunca es lo importante -dijo Gucio-. Lo que cuenta es el esfuerzo de perseguirlo, no el hecho de alcanzarlo.
Maté a Gucio y volví a casa. Me gustan las moralejas, pero sin pasarse.

Slawomir Mrozek (del libro La mosca)

miércoles, 21 de mayo de 2014

Preámbulos

-Por favor, sea breve -dijo en sueños la bella durmiente con voz rota. A su lado, el príncipe azul ordenaba meticulosamente (atendiendo a criterios de tamaño, textura y efectividad), la sofisticada colección de artilugios sexuales que iba sacando sin prisa, uno tras otro, del crucial maletín que todas las versiones del cuento omiten.

Imagen: Roy Lichtenstein (Sleeping Girl)

lunes, 12 de mayo de 2014

La posteridad

Tu funeral es la última oportunidad que tienes de mandar y organizar. Has escogido el tanatorio, el modelo de ataúd, el orden de los parlamentos, la música que sonará y los pasajes de la Biblia que leerá el sacerdote. Lo has dejado todo bien indicado en un pliegue de últimas voluntades pensado para no agobiar ni a tus hijos ni a tu tercera esposa. Te has asegurado una asistencia masiva, basada más en los compromisos que en la amistad. No has querido ser incinerado: has dejado pagada la mejor sala de velatorio y has invertido mucho dinero en la tanatoplastia que te permitirá recibir a los invitados con la manicura hecha, una expresión más amable que cuando estabas vivo y, por supuesto, el traje más caro de tus armarios. Para redactar el texto de la esquela incluso has contratado a un poeta que, en sólo tres líneas, ha resumido la consternación de tus familiares. Ninguna cita en latín. Ningún verso de un poeta nacional. Sólo un epitafio que también será esculpido sobre la lápida de una tumba a primera línea de mar. Si lo hubieras podido ver, te habrías sentido satisfecho por, una vez más, haberlo previsto todo. O casi. No podías prever que llovería a cántaros y que la gente llegaría tarde, de mal humor y con los zapatos sucios. Ni que, en el momento de interpretar el Preludio en si bemol de Blanch-Modin, a uno de los músicos se le caería accidentalmente el arco. Tampoco podías prever que la tos se contagiaría de una fila a otra, ni las veces que alguien se ha tapado la boca para ahogar un bostezo. Por no hablar de los que se han ido antes del final de la ceremonia, sin dar el pésame, corriendo hacia el parking para librarse del atasco. Si hubieras podido verlos habrías entendido muchas cosas sobre tu vida, especialmente si hubieras subido con ellos al coche y los hubieras observado, contrariados por la lluvia, poner la radio para seguir las noticias -deportivas y financieras- y, después de dos semáforos y de unos breves minutos de conducción, olvidarte para siempre.

Sergi Pàmies (Canciones de amor y de lluvia)

Imagen: Riki Blanco (cubierta del disco Liszt, complete cello and piano works, interpretado por Antonio Simón y Trino Zurita, piano y chelo respectivamente)

lunes, 5 de mayo de 2014

El inmenso Mr. Lockwood

El inmenso Mr. Lockwood apagó de un manotazo la alarma de su móvil, que emitía música de Mozart. Fue al baño e hizo gárgaras frente al espejo. Tomó una ducha veloz, enjabonándose bien la barba. Desayunó té verde y un cruasán de brócoli. Ordenó meticulosamente sus partituras. Se puso un frac, un abrigo y un bombín. Cogió un pequeño estuche. Salió de casa silbando. Atravesó la ciudad en trolebús. Se bajó en el Auditorio, al que accedió por la entrada de artistas. Saludó jovialmente al resto de los músicos. Luego avanzó con ellos hacia el escenario, donde ocupó su lugar (puesto 35 B, junto a los timbales). Allí abrió su ínfimo estuche, del que sacó un triángulo. Tras los aplausos, el director dio la señal y la sinfonía empezó, haciendo temblar las paredes. El inmenso Mr. Lockwood aguardó paciente su turno. Al final del cuarto movimiento se levantó, imponente como un cíclope, e hizo sonar el triángulo en el momento justo, una sola vez, con enérgica precisión. Cuando terminó el concierto, guardó el triángulo en su estuche. Se despidió afablemente de sus compañeros. Salió del Auditorio. Volvió a casa en trolebús. Entró en ella silbando. Se quitó el bombín, el abrigo y el frac. Se puso un pijama de rombos. Comió riñones al jerez. Fue al baño, donde hizo gárgaras frente al espejo. Puso la tele sin volumen y se tumbó a dormir en el sofá.

(Texto dedicado a Alfred Hitchcock y publicado en el número 363 de la revista Quimera)