martes, 9 de febrero de 2016

Fuerza Menor (Micropoética)

A veces la fuerza reside en lo pequeño, en la región más discreta y marginal del mundo sensible, alojada en ínfimas criaturas que apenas reclaman nuestra atención. No en Goliat, sino en David, cuya mano lanzó la piedra mínima que hizo caer al gigante. Tampoco en el acorazado Potemkin, sino en el imperceptible caracol que baja muy despacio por el tronco de un árbol en llamas. Frente al poder insolente de lo hercúleo, vibra la fuerza menor de lo humilde, que este libro exalta con levedad.

Fuerza Menor (Isla de Siltolá, 2016)
Muy pronto en las librerías!

lunes, 1 de febrero de 2016

Definición de isla

Me hago un autorretrato con cabeza de perro y se lo llevo a mi madre. No le gusta, la mera conjetura de ser madre de un perro la deprime, le ofrezco que se quede con el cuadro y no quiere, le insisto: se pone a llorar.
Cuando vuelvo a mi casa, borro el autorretrato. Pinto un útero.
Al día siguiente borro el útero.
Pinto un sol negro.

Ángel Zapata (del libro Materia oscura)

miércoles, 27 de enero de 2016

Fuerza Menor

Hace tiempo soñé que publicaba mi segundo libro en una editorial exquisita, especializada en poesía, con prólogo de uno de mis escritores vivos favoritos. Pero al despertar me dije: cuánto flipas mientras duermes, eso no sucederá nunca, regresa al mundo de lo posible. Ahora entiendo que aquel era un sueño premonitorio. Y que debo dormir más. Pero ya basta de preámbulos (la emoción me vuelve blablablero): con todos ustedes Fuerza Menor, mi segundo libro de ficciones. Muy pronto en las librerías. Mi eterna gratitud a Isla de Siltolá, por traerlo al mundo con tanta elegancia. Y a Juan Bonilla, por el formidable prólogo, que no me canso de releer.

martes, 26 de enero de 2016

El regalo

No vio nada extraño en aquel regalo. Un muñeco de madera, bien acicalado, que había pertenecido durante mucho tiempo a un ventrílocuo. Sí era algo singular, pero la singularidad venía por lo poco común del ofrecimiento. No supo dónde colocarlo, no veía claro el lugar que ocuparía aquel muñeco que tenía una sonrisa especial, una mirada perdida. Optó por el salón, sobre una silla de madera, pegada a la ventana. Apenas nadie se apercibiría de él, ni le molestaría esa presencia.
La primera noche durmió como un tronco, el día había sido de lo más intenso: regalos, buenos deseos, la copa, la comida, los besos, la mirada de Raquel, explícita por momentos y siempre, a un tiempo, comedida. Demasiadas emociones.
Por la mañana, tras ducharse y dirigirse a la cocina le pareció, de reojo, que el muñeco no estaba en la silla, pero al momento pensó que seguro que no había mirado bien, que eso no era posible. Tomaba el café, y la tostada, cuando, más por inercia que por otra cosa, se asomó de nuevo al salón, y efectivamente, el muñeco no seguía donde lo dejó la noche anterior. Un ligero calor le sofocó el rostro, luego reaccionó, y lo buscó con cierta cautela. Apareció en el dormitorio de invitados, tumbado sobre la cama, con los ojos cerrados. El café se le atragantó y comenzó a toser con fuerza. Cuando cesó, el muñeco tenía los ojos abiertos. ¿Pero, qué está pasando?, se dijo. Comenzó a dudar de todo lo que ayer, a última hora, había hecho. Habré puesto el muñeco en esta cama, será el cansancio, las copas, qué sé yo. No quiso darle más importancia.
Juraría que le he visto los ojos cerrados, pensó, tratando de buscar alguna explicación, mientras salía del dormitorio.
No quiso darle más importancia, se arregló y, antes de salir de casa, volvió a colocar el muñeco sobre la silla. Esta vez se aseguró de ello. Incluso le echó una foto con el móvil.
Pasó todo el día fuera, y hasta logró olvidarse del incidente. En el ascensor trató de reírse, de no darle vueltas a algo que igual no había sucedido. Sólo al meter la llave en la cerradura del portal, se puso un poco nervioso. Cuando entró por la puerta de casa, no quiso ni mirar a la silla del fondo del salón. Dejó las llaves sobre la mesa y se fue a la cocina, a prepararse una infusión. Sonó el teléfono, rompió un poco la tensión, y lo descolgó. Mientras charlaba de un lado a otro vio que el muñeco ya no estaba en la silla. Sin dejar el teléfono avanzó por el pasillo y descubrió una pintada en rojo en la pared:
Tenemos que hablar.
El teléfono se le cayó de la mano e impactó contra el suelo, apagándose al instante. Más allá creyó ver otra pintada. Se acercó con sigilo:
Así no podemos seguir. 
El temblor le subió desde el estómago hacia los brazos, y tuvo que hacer un esfuerzo por contenerse. Avanzó hasta la habitación del fondo, la de invitados. El cosquilleo se atrincheró en las piernas y le costaba avanzar. Se armó de valor. En la puerta había pintado un círculo rojo. Tocó el pomo y lo giró despacio, muy despacio, entonces recordó que esa puerta chirriaba... al entrar vio la habitación vacía. Dos pasos al frente. En la cama nadie. Y sintió una mano pequeña, posándose en su hombro, mientras la otra le penetraba, como un cuenco de madera por el pecho, en busca de un corazón nuevo, caliente.

Antonio Luis Ginés (del libro Teoría de lo imperfecto)

jueves, 14 de enero de 2016

Taller de Escritura y Música



http://www.tallerparentesis.com/2015/12/30/taller-de-escritura-y-musica/

Para todos los malagueños interesados en la creación literaria y en la música. El taller comienza en febrero. Será un placer enorme veros por allí. Podéis informaros ampliamente en el enlace de arriba.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Un pequeño problema

Dejé de usar reloj el día en que mi mano izquierda desapareció. Me costó mucho hacerme a la idea de su pérdida pero pensé que la mano derecha sería suficiente para los quehaceres diarios. Más complicada fue la desaparición de las rodillas, pues aunque los pies seguían estando allí, no existía nexo alguno con el resto del cuerpo, así que tuve que abandonarlos en el zapatero. El sitio más lógico que supe encontrar. El día que desperté sin cadera, me planteé ir al médico. Éste no encontró explicación a lo que me estaba ocurriendo. Analgésicos y descanso fueron sus consejos. Pero no funcionaron. A la cadera le siguieron el brazo izquierdo, el torso, la espalda y los hombros. Lo que provocó la caída del brazo derecho que aún desembocaba en mano. Él solito reptó hasta el zapatero y se metió dentro, supongo que por aquello de no sentirse solo. Y allí estaba yo, con la cabeza y el cuello pegado al suelo cual seta silvestre. Lo último que acerté a pensar, antes de desaparecer completamente, fue: “Quizá ella me esté olvidando”. 

Ginés Cutillas (del libro Un koala en el armario) 

Imagen: Fotograma de la película Vértigo 

jueves, 3 de diciembre de 2015

Revista Litoral

Acaba de caer en mi buzón el último número de la revista Litoral (El signo anunciado. La marca en la literatura y el arte), cuya devastadora belleza me impedirá conciliar el sueño durante algunos meses (calculo que hasta primavera de 2016). No entiendo qué hace un texto mío dentro de esa revista legendaria, que estudié en el colegio y que fundaron los poetas Emilio Prados y Manuel Altolaguirre en 1926, mucho antes de que mis padres fuesen soñados por sus padres. Pero celebro entusiasmado tan feliz accidente, pues me permite compartir páginas con una legión de admirables escritores del pasado, el presente y el porvenir, como Juan Ramón Jiménez, Philip Larkin, Eduardo García, David Leo, Vicente Luis Mora, Camilo de Ory, José Luis González Vera, Gemma Pellicer, Jorge Riechmann, Pere Ginferrer, Salvador Dalí, Ramón Gómez de la Serna, Ben Clark, Federico García Lorca, Francisco Umbral, Pedro Salinas, Marco Denevi, Ángel Olgoso, Juan José Arreola, Roger Wolfe, Fernando Pessoa, Robert Louis Stevenson, Julio Cortázar, Max Aub, Antonio Jiménez Millán o Elena Medel. Mil gracias, Antonio Lafarque, por hacer posible este milagro.