miércoles, 21 de mayo de 2014

Preámbulos

-Por favor, sea breve -dijo en sueños la bella durmiente con voz rota. A su lado, el príncipe azul ordenaba meticulosamente (atendiendo a criterios de tamaño, textura y efectividad), la sofisticada colección de artilugios sexuales que iba sacando sin prisa, uno tras otro, del crucial maletín que todas las versiones del cuento omiten.

Imagen: Roy Lichtenstein (Sleeping Girl)

lunes, 12 de mayo de 2014

La posteridad

Tu funeral es la última oportunidad que tienes de mandar y organizar. Has escogido el tanatorio, el modelo de ataúd, el orden de los parlamentos, la música que sonará y los pasajes de la Biblia que leerá el sacerdote. Lo has dejado todo bien indicado en un pliegue de últimas voluntades pensado para no agobiar ni a tus hijos ni a tu tercera esposa. Te has asegurado una asistencia masiva, basada más en los compromisos que en la amistad. No has querido ser incinerado: has dejado pagada la mejor sala de velatorio y has invertido mucho dinero en la tanatoplastia que te permitirá recibir a los invitados con la manicura hecha, una expresión más amable que cuando estabas vivo y, por supuesto, el traje más caro de tus armarios. Para redactar el texto de la esquela incluso has contratado a un poeta que, en sólo tres líneas, ha resumido la consternación de tus familiares. Ninguna cita en latín. Ningún verso de un poeta nacional. Sólo un epitafio que también será esculpido sobre la lápida de una tumba a primera línea de mar. Si lo hubieras podido ver, te habrías sentido satisfecho por, una vez más, haberlo previsto todo. O casi. No podías prever que llovería a cántaros y que la gente llegaría tarde, de mal humor y con los zapatos sucios. Ni que, en el momento de interpretar el Preludio en si bemol de Blanch-Modin, a uno de los músicos se le caería accidentalmente el arco. Tampoco podías prever que la tos se contagiaría de una fila a otra, ni las veces que alguien se ha tapado la boca para ahogar un bostezo. Por no hablar de los que se han ido antes del final de la ceremonia, sin dar el pésame, corriendo hacia el parking para librarse del atasco. Si hubieras podido verlos habrías entendido muchas cosas sobre tu vida, especialmente si hubieras subido con ellos al coche y los hubieras observado, contrariados por la lluvia, poner la radio para seguir las noticias -deportivas y financieras- y, después de dos semáforos y de unos breves minutos de conducción, olvidarte para siempre.

Sergi Pàmies (Canciones de amor y de lluvia)

Imagen: Riki Blanco (cubierta del disco Liszt, complete cello and piano works, interpretado por Antonio Simón y Trino Zurita, piano y chelo respectivamente)

lunes, 5 de mayo de 2014

El inmenso Mr. Lockwood

El inmenso Mr. Lockwood apagó de un manotazo la alarma de su móvil, que emitía música de Mozart. Fue al baño e hizo gárgaras frente al espejo. Tomó una ducha veloz, enjabonándose bien la barba. Desayunó té verde y un cruasán de brócoli. Ordenó meticulosamente sus partituras. Se puso un frac, un abrigo y un bombín. Cogió un pequeño estuche. Salió de casa silbando. Atravesó la ciudad en trolebús. Se bajó en el Auditorio, al que accedió por la entrada de artistas. Saludó jovialmente al resto de los músicos. Luego avanzó con ellos hacia el escenario, donde ocupó su lugar (puesto 35 B, junto a los timbales). Allí abrió su ínfimo estuche, del que sacó un triángulo. Tras los aplausos, el director dio la señal y la sinfonía empezó, haciendo temblar las paredes. El inmenso Mr. Lockwood aguardó paciente su turno. Al final del cuarto movimiento se levantó, imponente como un cíclope, e hizo sonar el triángulo en el momento justo, una sola vez, con enérgica precisión. Cuando terminó el concierto, guardó el triángulo en su estuche. Se despidió afablemente de sus compañeros. Salió del Auditorio. Volvió a casa en trolebús. Entró en ella silbando. Se quitó el bombín, el abrigo y el frac. Se puso un pijama de rombos. Comió riñones al jerez. Fue al baño, donde hizo gárgaras frente al espejo. Puso la tele sin volumen y se tumbó a dormir en el sofá.

(Texto dedicado a Alfred Hitchcock y publicado en el número 363 de la revista Quimera)

jueves, 1 de mayo de 2014

Definiciones diabólicas (Q y R)

Quedarse. Tratar con la merecida indiferencia la notificación del casero de que ha alquilado la vivienda a otros dispuestos a pagarle.

Querido. Pelmazo del sexo opuesto en una de las primeras fases de su desarrollo.

Rapacidad. Proveerse sin esfuerzo. Sistema de ahorro del poder.

Razonar. Sopesar las probabilidades en la balanza del deseo.

Realismo. Arte de representar la naturaleza tal como la ven los sapos. El encanto que destila un paisaje pintado por un topo o un relato escrito por una oruga geómetra.

Reconsiderar. Buscar una justificación para una decisión ya tomada.

Recuerdo. El mayor lujo de los desafortunados.

Reposar. Dejar de molestar.

Resuelto. Que se empecina en seguir un curso de acción que aprobamos.

Revelación. Descubrimiento, ya avanzada la vida, de que uno es un necio.

Ambrose Bierce (Diccionario del diablo)

lunes, 14 de abril de 2014

Seísmos. Cuentos de seis palabras (12)








Nació el bebé con dentadura postiza.

La planta carnívora devoró al vegetariano.

Extenuados, surcan el mar los antílopes.

Se enamoró del forense el inmortal.

Flota sin rumbo el levitador muerto.

Sonámbulo, intentó acceder al útero materno.

Ronronea el diccionario ante el poeta.

Durante el eclipse, enfermó la luciérnaga.

Entró al caleidoscopio el camaleón suicida.

Intranquilo, resucitó para suicidarse otra vez.

(Seísmos publicados en el número 363 de la revista Quimera)

miércoles, 2 de abril de 2014

Guía de extraviados

Ella y yo nos encontramos una noche en una cafetería. Nunca antes nos habíamos visto, y al poco tiempo ya vivíamos juntos. El piso no tiene más de cincuenta metros cuadrados, pero una mañana no nos encontramos a la hora del desayuno, como era habitual; tampoco en el comedor, sentados en nuestras sillitas de mimbre. Hace tiempo que no coincidimos. Ella habita entre el televisor y el dormitorio, y yo me siento tranquilo a la mesa de trabajo. Algunas noches, cuando todo está a oscuras, y nada parece perturbar la quietud de la casa, creo ver una luz en la ranura de la puerta. Quizá es ella, que trata de comunicarse conmigo por medio de sombras y contraluces. Entonces yo hago por llamar su atención desde el otro lado del pasillo y prendo fuego a mi papelera.

Juan Gracia Armendáriz (del libro Cuentos del jíbaro)

Imagen: M.C. Escher