miércoles, 24 de junio de 2015

El esfuerzo

En la niñez, apenas debemos esforzarnos nunca (nuestros padres lo hacen todo por nosotros). En la juventud, el entusiasmo casi siempre nos impulsa hacia el cumplimiento de cualquier tarea, atenuando toda sensación de esfuerzo. En la madurez, ya sin entusiasmo alguno, el esfuerzo cobra una relevancia considerable, quedando cualquier empeño en manos de la voluntad pura. En la vejez, la vida entera se transforma en esfuerzo (esfuerzo por caminar, esfuerzo por recordar, esfuerzo por respirar). Pero es tras la muerte cuando todo cuesta ya un trabajo espantoso.

En este punto el esqueleto dejó de escribir.
Horas después cerró su diario íntimo.
Días después regresó tambaleándose al lecho.
Años después se tapó muy despacio con la sábana.

Imagen: Sofía de Juan

sábado, 9 de mayo de 2015

El náufrago estupefacto

La esperanza era lo único que mantenía vivo al hombre de la balsa. Debajo de su enflaquecido rostro se adivinaba el esqueleto. De su boca temblorosa salía un estertor continuo. Sus ojos brillaban de fiebre. Hacía ya más de un mes que se aferraba a la vida sobre su miserable conjunto de planchas de madera.
De pronto, un ruido nuevo llegó hasta su cerebro debilitado. Era el delirio que, sin duda, ronroneaba así. Pero ¡no! Un helicóptero se acercaba lentamente y sobrevolaba el esquife. ¡Salvado! ¡Estaba salvado! El náufrago inició torpemente unos pasos de baile.
Entretanto, una escalera de cuerda había sido desliada desde el helicóptero. Un hombre, vestido de andrajos, con la cara demacrada invadida por una barba hirsuta, era empujado brutalmente hacia los primeros escalones.
El helicóptero se alejó y desapareció.
Ahora había dos náufragos sobre la balsa.

Roland Topor (del libro Acostarse con la reina)

Imagen: Eric Lambé

martes, 14 de abril de 2015

La memoria de cristal

Tras el Apocalipsis, un radar enviado desde Júpiter para confirmar la extinción del hombre, desciende con lentitud hacia las profundidades del Océano Pacífico, donde algo parece latir. Y es que abajo del todo, en mitad de un silencio vagamente iluminado por criaturas abisales, el único espejo que la gran explosión no ha logrado romper emite en orden cronológico, antes de apagarse para siempre, todas las imágenes que componen su memoria de cristal, demorándose en aquéllas donde aparece la mujer que lo tuvo en su alcoba hasta el fin, una joven risueña que ya no existe, aficionada a bailar desnuda ante él ciertas noches de verano, cuando todo era posible todavía en este rincón de la galaxia.

Imagen: Sofía de Juan

jueves, 9 de abril de 2015

Comunidad

Somos cinco amigos; una vez salimos uno tras otro de una casa, primero salió uno y se puso junto al portal, luego salió el segundo por la puerta o, mejor dicho, se deslizó con la ligereza de una gotita de mercurio y se colocó a escasa distancia del primero, luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Al final formábamos todos una fila. La gente se percató de nuestra presencia, nos señaló y dijo: los cinco acaban de salir de esta casa. Desde entonces vivimos juntos; sería una vida pacífica si no se inmiscuyera siempre un sexto. No nos hace nada, pero nos resulta molesto, que ya es bastante; ¿por qué se mete donde no lo llaman? No lo conocemos ni queremos acogerlo entre nosotros. De hecho, los cinco tampoco nos conocíamos antes ni nos conocemos ahora, a decir verdad, pero lo que entre nosotros cinco es posible y está tolerado no es posible ni está tolerado en el caso del sexto. Por otra parte, somos cinco y no queremos ser seis. ¿Y qué sentido podría tener esa permanente convivencia? La de nosotros cinco tampoco tiene sentido, pero ya que estamos juntos, así seguimos y no queremos una nueva unión, precisamente debido a nuestras experiencias. Ahora bien, ¿cómo dar a entender todo esto al sexto? Como las largas explicaciones equivaldrían casi a aceptarlo en nuestro círculo, preferimos no explicar nada y simplemente no lo aceptamos. Por mucho que frunza los labios, lo apartamos con los codos, pero por mucho que lo apartemos, él vuelve.

Franz Kafka (del libro Ocasión para una pequeña desesperación)

Imagen: Nikolaus Heidelbach

domingo, 22 de marzo de 2015

Ante La Ley

La tuberculosis canceló la existencia terrenal de Franz Kafka en 1924. Pero nadie sabe  que al morir ingresó en un extraño limbo lleno de columnas. Con asfixiante pena, el escritor anduvo indefinidamente por aquel laberinto de mármol, hasta encontrar (muy al fondo) una puerta ínfima y un guardián enorme. El guardián deslizaba tediosamente en sus fauces los gajos de una mandarina. No tenía ojos. Kafka le interpeló.
-¿Quién eres?
-Soy el guardián de esta puerta, por donde nunca entrarás, salvo que me expliques satisfactoriamente qué diablos significa tu relato Ante La Ley. Las altas esferas sospechan que encierra una crítica al sistema judicial. Lo cual sería intolerable.
-¿Y si me niego a hacerlo? -repuso Kafka con desdén.
-En tal caso, tu condena será infinita. Nunca tendrás acceso al siguiente guardián, que carece de oídos.
Ambos callaron. Desde entonces, Kafka yace en el suelo e intenta dormir.

martes, 17 de marzo de 2015

Huelga de espejos


Se rumorea
Que habrá una huelga de espejos.
La belleza será fea
Y todos los niños viejos.

El triste hallará alegría
Al contemplarse, sin por qué.
El fuego se convertirá en escarcha fría
Y el futuro en un nuevo ayer.

El agua de los lagos al copiar la luna
Dibujará un sol cegador.
Todas las sombras en el cristal de una
Ventana aullarán de color.

Habrá una huelga de espejos.
Los pacifistas andarán a tiros.
Y cumpliendo un anhelo muy viejo
Podrán reflejarse los vampiros.

Juan Bonilla (del libro Los invisibles)

Imagen: René Magritte (Retrato de Edward James)

martes, 24 de febrero de 2015

Final









Un anciano aguarda el metro con gravedad. No hay un alma en el andén. Al fondo del túnel una luz se aproxima despacio. El anciano se levanta dificultosamente. Cuando el tren se para delante y abre sus puertas, el anciano entra trémulo. Dentro no hay nadie, salvo otro anciano que parece estar dormido y que luce un hermoso bigote blanco. El primer anciano se sienta frente al segundo y el tren emprende la marcha. La luz del vagón es tenue como el pulso de un enfermo terminal.
Anciano 1: Disculpe, ¿tiene usted hora?
Por toda respuesta, el Anciano 2 permanece inconsciente. Contrariado, el Anciano 1 se levanta y lo zarandea.
Anciano 2 (con sobresalto): ¿Qué demonios ocurre? Estaba profundamente dormido.
Anciano 1 (regresando a su asiento): No tiene importancia. A nuestra edad suele ocurrir. Yo pensé que estaba muerto. Lamento haberme equivocado.
Anciano 2 (frotándose los ojos): Es usted muy amable. Supongo que ahora querrá que le ofrezca un poco de conversación.
Anciano 1: En absoluto. Sólo quería saber la hora.
Anciano 2 (saca del bolsillo un reloj de arena y lo consulta): Me temo que es tarde.
Anciano 1: Lo imaginaba.
La luz del vagón se vuelve de súbito más decrépita. Los ancianos permanecen unos instantes en silencio. El tren se detiene en alguna estación, pero no entra nadie.  
Anciano 1: Pese a la natural animadversión que usted me provoca, debo reconocer que su bigote es formidable.
Anciano 2: Le agradezco el cumplido.
Anciano 1: ¿Le importaría prestármelo un momento?
Anciano 2: No tengo inconveniente, siempre que lo trate con suma delicadeza.
El anciano 2 se desprende del bigote y lo acaricia un poco antes de entregárselo al anciano 1, que se lo pone ceremoniosamente.
Anciano 2 (algo desvalido sin el bigote): ¿Y bien? ¿Qué le parece?
Anciano 1: Que sin bigote tiene usted cara de cretino.
Anciano 2: Me pregunto a qué viene tanta hostilidad. La luz está a punto de extinguirse. Propongo que intentemos ser amigos.
Anciano 1 (meditabundo): Ahora que lo dice, no es mala idea.
Los dos ancianos se levantan para abrazarse. Poco a poco, el abrazo va adquiriendo cierto voltaje erótico. Al abrazo le sucede un beso animal. Cuando los ancianos comienzan a desvestirse mutuamente, ebrios de lujuria, la luz se apaga del todo.

Imagen: Final de la película North by Northwest, de Alfred Hitchcock