viernes, 7 de junio de 2013

La memoria de cristal

criaturas abisales


El crítico Fernando Valls ha tenido la gentileza de publicar en su Nave de los locos mi pieza más reciente, de índole submarina. Podéis leerla aquí. Mejor si lleváis escafandra.

domingo, 2 de junio de 2013

Sin título

Su alma era tan hermosa, tan delicada, que dos ángeles luchaban ferozmente para devorarla.

Rafael Pérez Estrada
(El levitador y su vértigo)

sábado, 18 de mayo de 2013

En el museo


Cada noche, cuando el vigilante se duerme, La Gioconda tararea en la oscuridad una canción. Y danzan ante ella los espectros hasta el amanecer.

lunes, 8 de abril de 2013

Nosotros y los dinosaurios

En Rapid City, South Dakota, mi madre me daba cubitos de hielo envueltos en servilletas para que los chupase. Estaban saliéndome los dientes y el hielo me insensibilizaba las encías.
Aquella noche atravesamos los Badlands. Yo viajaba en la bandeja que hay detrás del asiento trasero del Plymouth, mirando las estrellas. El cristal estaba helado al tacto.
Nos detuvimos en la pradera, en un lugar donde había un círculo de enormes dinosaurios de yeso blanco. No era un pueblo. Simplemente los dinosaurios iluminados desde el suelo por unos focos.
Mi madre me llevó a dar una vuelta abrigado bajo una manta parda del ejército. Tarareaba una canción lenta. Creo que era "Peg a´ My Heart". La tarareaba bajito, para sí misma. Como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí.
Serpenteamos lentamente por entre los dinosaurios. Por entre sus patas. Bajo sus tripas. Describimos círculos en torno al Brontosauro. Miramos desde abajo los dientes del Tyranosaurus Rex. Todos tenían unas lucecitas azules a modo de ojos.
No había nadie. Sólo nosotros y los dinosaurios.

Sam Shepard (del libro Crónicas de motel)

viernes, 22 de febrero de 2013

Revista Confluencia

Grand Canyon (Colorado)
La revista norteamericana Confluencia (Universidad de Colorado), publica en su último número "Una antología posible de la narrativa brevísima española actual", donde tengo el privilegio de participar junto a otros once autores (en concreto, Juan Yanes, Carmen Peire, Lola Sanabria, Pedro Herrero, Luis Pérez Ortiz, Araceli Esteves, Susana Camps, Jesus Esnaola, Nuria Mendoza, Agustín Martínez Valderrama y María José Barrios). Doy las gracias a Fernando Valls y Gemma Pellicer por incluirme en la selección, y también por su riguroso e incansable trabajo en favor del microrrelato. Quien desee leer los textos puede hacerlo aquí: Revista Confluencia. Al final, tal vez un tanto ocultas, hay una serie de notas que arrojan luz sobre cada autor. Transcribiré con emoción las que me aluden. Luego saldré a celebrarlo debidamente.        

Javier Puche (Malaga, 1974) suele moverse entre el absurdo, el género fantástico y la evocación poética. Dueño de una prosa pulida, gusta de recrear paisajes y situaciones de ensueño, de fuerte contenido melancólico. A la manera de Javier Tomeo, a quien va dedicado el primer texto, “La incertidumbre” muestra a una pareja navegando en un hidropedal, con el que avanzan a ciegas, probablemente hacia ninguna parte. Es, pues, una pieza entre onírica y surrealista, con ecos de Beckett y del citado Tomeo. “Tenemos que hablar" es una pieza de terror que remeda, desde el mismo título, una frase hecha erigiéndose en señal del distanciamiento progresivo de una pareja, que termina por separarse, situación que lo empuja a vivir primero en las afueras, llevando una existencia fantasmal, y poco después a refugiarse bajo la cama. No en vano, el narrador protagonista intuye que su nueva vivienda esta siendo ocupada (como en “Casa tomada” de Cortázar) por una multitud de seres espectrales, de quienes sospecha que desean llevárselo consigo. “El inmortal” tal vez sea, de entre sus piezas, la mas cercana al escritor malagueno Rafael Pérez Estrada, por su poesía y tristeza. Tambien por su lucidez al mostrar crudamente la naturaleza de la condicion humana. Un inmortal es estudiado por los cientificos como una rata de laboratorio y luego encerrado en un zoo, donde es torturado por “hordas de visitantes” que intentan desvelar el secreto de su eternidad.

martes, 15 de enero de 2013

El fin

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
-Y he encontrado la ecuación clave –dijo un buen día a su hija-. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo. 
Apretando un botón mientras hablaba, dijo:
-Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto –dijo, hablaba mientras botón un apretando.
-Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. –Hija su a día buen un dijo-. Clave ecuación la encontrado he y.
Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

Fin el.

Fredric Brown

miércoles, 2 de enero de 2013

Taxidermia S.L.

Tan sólo un leve corte en las muñecas, longitudinal a ser posible, mientras se baña con placidez. O una deliciosa infusión de narcóticos a media tarde, cuando el sol declina. Aunque quizá prefiera irse con un enérgico y memorable salto desde el viaducto. Cualquiera de estas modalidades servirá. Del resto nos encargamos nosotros. Ya hemos preparado su vitrina en el museo. También el disfraz de astronauta que eligió (un excelente atuendo para surcar el porvenir, permítanos decirle). Y lo más importante: su panegírico, meticulosamente redactado por nuestros mejores guionistas. Al fin alcanzará la gloria que merece, señor López. Ahora sólo tiene que firmar aquí.

lunes, 10 de diciembre de 2012

La sensatez

Cada vez que la mujer sensata se acuesta con alguien le cuenta al novio que lo ha hecho no por un ataque circunstancial de lubricidad, sino porque se ha enamorado. No es que tenga que sentirse culpable de nada (al respecto, la mujer y su novio tienen un pacto de lo más claro y elástico), pero si cuando se acuesta con alguien remarca que lo hace enamorada, es como si se sintiese más limpia. En cambio, cada vez que su novio se enrolla con alguien, la mujer considera que lo hace por pura lubricidad, y eso la irrita. No es que se ponga celosa. No. No es celosa en absoluto. Simplemente le molesta que su novio sea tan vulgar, tan carnal. El novio sí que se pone celoso cuando sabe que ella se acuesta con otro. Pero son celos comprensibles: porque ella se enamora. Y si la persona con la cual (más o menos elástico) tienes un pacto de convivencia se enamora de otro, es lógico tener celos.
¿Qué escala aplica la mujer para decidir que sus asuntos de cama son producto del amor y los del novio de la lujuria? El novio dice que una escala muy sencilla: que ella es ella misma (y por lo tanto se lo justifica todo) y él no sólo no es ella, sino que es hombre, con la carga histórica que eso comporta. La mujer lo niega, aunque los años le hayan enseñado que, efectivamente, en general hombres y mujeres se comportan de manera diferente. Pero no lo dice porque, aunque es una creencia sobre la cual tiene cada vez menos dudas, es generalizadora. Y siempre hay excepciones, aunque nunca se ha visto tan cerca de reconocer que la frase hecha que asegura que todos los hombres son iguales, aun siendo tópica (y por lo tanto repugnante) es, cuando menos parcialmente, cierta: quizá no todos, pero la inmensa mayoría de los hombres sí que son iguales. La mujer sensata sabe de qué habla: se ha enamorado de muchos, y todos, indefectiblemente y por mucho que lo adornen, en el fondo ligan con ella llevados por la lubricidad. Lubricidad a la cual ella cede a menudo porque (es forzoso reconocerlo) desde muy pequeña ha sido de naturaleza enamoradiza y el amor la embriaga de tal manera que, apenas un hombre le pasa el brazo por los hombros, le besa el lóbulo de la oreja y le pone la mano entre las piernas, por más que abra la boca para decir que no, nunca le sale el no y siempre dice que sí.

Quim Monzó (del libro El porqué de las cosas)