martes, 24 de febrero de 2015

Final









Un anciano aguarda el metro con gravedad. No hay un alma en el andén. Al fondo del túnel una luz se aproxima despacio. El anciano se levanta dificultosamente. Cuando el tren se para delante y abre sus puertas, el anciano entra trémulo. Dentro no hay nadie, salvo otro anciano que parece estar dormido y que luce un hermoso bigote blanco. El primer anciano se sienta frente al segundo y el tren emprende la marcha. La luz del vagón es tenue como el pulso de un enfermo terminal.
Anciano 1: Disculpe, ¿tiene usted hora?
Por toda respuesta, el Anciano 2 permanece inconsciente. Contrariado, el Anciano 1 se levanta y lo zarandea.
Anciano 2 (con sobresalto): ¿Qué demonios ocurre? Estaba profundamente dormido.
Anciano 1 (regresando a su asiento): No tiene importancia. A nuestra edad suele ocurrir. Yo pensé que estaba muerto. Lamento haberme equivocado.
Anciano 2 (frotándose los ojos): Es usted muy amable. Supongo que ahora querrá que le ofrezca un poco de conversación.
Anciano 1: En absoluto. Sólo quería saber la hora.
Anciano 2 (saca del bolsillo un reloj de arena y lo consulta): Me temo que es tarde.
Anciano 1: Lo imaginaba.
La luz del vagón se vuelve de súbito más decrépita. Los ancianos permanecen unos instantes en silencio. El tren se detiene en alguna estación, pero no entra nadie.  
Anciano 1: Pese a la natural animadversión que usted me provoca, debo reconocer que su bigote es formidable.
Anciano 2: Le agradezco el cumplido.
Anciano 1: ¿Le importaría prestármelo un momento?
Anciano 2: No tengo inconveniente, siempre que lo trate con suma delicadeza.
El anciano 2 se desprende del bigote y lo acaricia un poco antes de entregárselo al anciano 1, que se lo pone ceremoniosamente.
Anciano 2 (algo desvalido sin el bigote): ¿Y bien? ¿Qué le parece?
Anciano 1: Que sin bigote tiene usted cara de cretino.
Anciano 2: Me pregunto a qué viene tanta hostilidad. La luz está a punto de extinguirse. Propongo que intentemos ser amigos.
Anciano 1 (meditabundo): Ahora que lo dice, no es mala idea.
Los dos ancianos se levantan para abrazarse. Poco a poco, el abrazo va adquiriendo cierto voltaje erótico. Al abrazo le sucede un beso animal. Cuando los ancianos comienzan a desvestirse mutuamente, ebrios de lujuria, la luz se apaga del todo.

Imagen: Final de la película North by Northwest, de Alfred Hitchcock

sábado, 14 de febrero de 2015

Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar (Historias de cronopios y de famas)

Imagen: Roy Lichtenstein (Crying girl)

domingo, 1 de febrero de 2015

La máquina de abrazos

Usted está solo. Tanto que a veces se pregunta si existe en realidad, si alguna vez nació. Nadie le quiere. Y el televisor ilumina cada noche su llanto silencioso.
¿Acaso cree ser un bicho raro? Pues se equivoca bastante. Según la Universidad de Milwaukee, un tercio de la población mundial está sola. Y sufre una devastación anímica similar. Sobre todo los hombres con halitosis, como usted.
Pero sus problemas han terminado al fin. No importa que su aliento fétido espante a todo ser viviente con quien pretenda entablar conversación. Ni que todas las mascotas con las que intenta convivir acaben suicidándose. Nosotros tenemos la solución perfecta. Abra bien los oídos (y cierre su boca de mofeta, a ser posible).
Nos referimos a la nueva Hug-Machine, una formidable máquina de abrazos que le dará todo el amor que necesite, al margen de que usted lo merezca o no.
Diseñada por ingenieros alemanes y fabricada por esclavos chinos, la Hug-Machine se compone de dos partes: unos brazos mecánicos de terciopelo azul y una preciosa muñeca de látex a la que aquéllos van perfectamente ensamblados.
El procedimiento es muy elemental. Cuando usted anhele un abrazo, sólo tiene que acercarse a su Hug-Machine y pronunciar alguna palabra cariñosa. Acto seguido, recibirá un abrazo inolvidable.
A decir verdad, no es necesario que dirija a la máquina palabras cariñosas. Cualquier palabra del diccionario sirve, incluso un gruñido, pues su mecanismo se activa mediante un eficaz sensor de pestilencia.
¿No es maravilloso? Gracias a su halitosis podrá recibir todos los abrazos que quiera. El hedor le conducirá al amor. Al contrario de lo que venía ocurriendo. Es la venganza perfecta.
Seguirá solo, pero feliz.
Y todo por diez mil euros de nada. No deje pasar la ocasión. Compre ya su Hug-Machine. O púdrase en la miseria.

miércoles, 21 de enero de 2015

Definiciones diabólicas (S-Z)










Santo. Pecador difunto, corregido y revisado.

Senado. Grupo de ancianos caballeros responsables de altas funciones y pequeños delitos.

Sentimiento. Hermanastro enfermizo del Pensamiento.

Sincero. Tonto e inculto.

Solo. Mal acompañado.

Soñoliento. Profundamente afectado por una obra dramática adaptada del francés.

Tregua. Amistad.

Tumba. Casa de la Indiferencia.

Ungir. Lubricar a un rey o a otro alto funcionario ya de por sí bastante viscoso.

Venganza. Mandarle las cartas de amor que te escribió tu novia a tu rival después de que se haya casado con ella.

Verdad. Ingeniosa mezcla que combina lo deseable y lo aparente.

Vida. Conservante espiritual que impide la putrefacción del cuerpo.

Virtudes. Ciertas abstinencias.

Votación. Simple estratagema mediante la cual una mayoría demuestra a una minoría la estupidez que supondría cualquier resistencia.

Whangdepootenawah. En lengua ojibwa, desastre; dolor inesperado que nos hace mucho daño.

Zigzaguear. Desplazarse hacia delante con vacilaciones, de un lado a otro, como el que lleva a hombros la carga del hombre blanco.

Ambrose Bierce (Diccionario del diablo)

martes, 16 de diciembre de 2014

El pacto

A los diez minutos de conocerse, obnubilados por la pasión, Lupercio y Casilda hicieron un pacto de mutua sinceridad. «Nos lo diremos siempre todo. También lo malo. Porque callar es peligroso. No dejemos nunca que el silencio nos separe.» Eso dijo Casilda durante la vorágine del beso inicial. «Tienes mi palabra», respondió Lupercio febrilmente, convencido de que aquella era la mejor opción posible. Acto seguido, se fundieron en un abrazo asfixiante.

Diez años después, con la pasión algo maltrecha, aún mantenían su pacto a rajatabla.
-¿Sabes, cariño? –dijo él abriendo un yogur caducado- Hoy apenas te deseo. Pero no te preocupes, ya me ha pasado otras veces y no es grave. Aunque podría ayudarme que te depilaras con más frecuencia. Sobre todo las cerdas del bigote, tan hostiles. Y que perdieras veinte o treinta kilos. Pareces un mamut.  
-Lo siento, querido –dijo ella removiendo con desgana su café- pero no tendré en cuenta tus indicaciones. Como sabes, nunca has sido una persona demasiado inteligente. Admítelo: no eres oligofrénico de milagro. Y tienes una voz repulsiva. De hecho, si no fuera por mi extraña fijación hacia el matrimonio, te habría abandonado hace siglos. Cualquier desconocido me atrae más que tú.

Pronto comprendieron que su relación naufragaba y buscaron ayuda. Una amiga de Casilda les recomendó un psicólogo experto en parejas quebradizas, al que acudieron de inmediato. El psicólogo fue tajante: «La relación peligra por un exceso de sinceridad. Les aconsejo silencio. Ni por asomo se digan todo lo que piensan. Acostúmbrense a hablar poco e intercambiar únicamente frases cordiales. En caso de necesidad, tendrán que desahogarse por escrito a espaldas del cónyuge. Secretamente, digamos. Aquí tienen dos cuadernos, donde podrán anotar sin peligro aquello que omitan en sus diálogos de pareja. Les deseo mucha suerte». Antes de irse, Lupercio y Casilda cogieron con aprensión sus respectivos cuadernos mientras el psicólogo acariciaba un pingüino disecado que tenía sobre la mesa.

Durante meses, siguieron con rigor la terapia. Y la comunicación entre ambos se volvió más afable. Aunque también más escueta. A lo sumo, dos o tres frases raquíticas frente al televisor alguna noche. El resto del tiempo lo dedicaban a anotar minuciosamente en sus cuadernos lo que no se decían. Pero los cuadernos comenzaron a multiplicarse con ímpetu exponencial, ocupando habitaciones enteras (el desván, el estudio, la cocina, el salón). Hasta que al final no quedó espacio para Lupercio y Casilda.

Imagen: Edward Hopper (Room in New York)