martes, 8 de enero de 2008

El mosquito


Aquel zumbido afilado penetró como una aguja en mi sueño, devolviéndome de golpe a la vigilia. Aturdido por el cansancio, estiré el brazo y encendí torpemente la luz. Pronto descubrí al mosquito, cuyo extraordinario tamaño me estremeció. Presa del pánico, cubrí todo mi cuerpo con la sábana, pese al intolerable calor estival. Desde mi provisional refugio podía oír con nitidez el vuelo espeluznante del mosquito, su vaivén continuo y amenazador. Tras unos minutos, el zumbido cesó por completo, lo cual me proporcionó cierta calma. Aproveché entonces para examinar mi cuerpo en busca de alguna picadura. Por suerte estaba intacto. Seguidamente, hice acopio de valor y decidí asomar un poco la cabeza con objeto de localizar a mi adversario. Fue sin duda un gesto imprudente, porque al retirar la sábana, un intenso pinchazo me perforó la sien y perdí el conocimiento.
Nadie en su sano juicio creerá lo que sucedió después. Mi primera sensación tras recuperarme del ataque fue de extrema levedad física (la ley de la gravedad parecía haberme abandonado). Luego advertí con estupor que los objetos de mi cuarto habían crecido inexplicablemente. Traté de rascarme la cabeza, pero no encontré mis manos. Tampoco mis brazos ni mis piernas. Una vertiginosa lucidez me hizo comprender de repente la situación: el mosquito no sólo me había succionado la sangre sino también la memoria. Mediante la picadura, todos mis recuerdos fueron transferidos de un cuerpo a otro, quedando mi identidad atrapada en el interior del insecto. Para verificarlo, agité las alas y volé hasta el armario, desde donde pude contemplar mi antiguo cuerpo, que yacía inconsciente en la cama. No sentí la menor tristeza (mi sistema emocional quedó simplificado al mínimo). De hecho, he aceptado con naturalidad mi transformación, acaecida hace ya algunas noches. Ahora me encuentro en el escritorio de un vecino, redactando trabajosamente estas líneas mientras él duerme, y a punto de canjear mi extenuada identidad por la suya. Pero debo concluir, porque se está acabando la sangre con que escribo.

22 comentarios:

DL Fayette dijo...

Un genial lamento con aires kafkanianos. Voy a buscar comida y leerlo de nuevo. :) :)

También estoy pensando en diferentes formas de recuperar tu cuerpo.

arcángel mirón dijo...

Kafka estaría orgulloso.

(shhh... estoy en el trabajo...).

Herman dijo...

Me alegra, Dl Fayette, que hayas visto que se trata de un lamento. Eso es exactamente.
Y no te preocupes demasiado por el cuerpo del narrador (que no es el mío). Seguramente, otro mosquito le inoculará una identidad de emergencia.

Mis cuentos, Gilda, son en realidad vanas tentativas de ir saldando lentamente la enorme deuda que hace años contraje con Kafka. Gracias por tu hiperbólica cortesía. Y no trabajes en exceso.

Claudia, la chef dijo...

Kafka estaría envidioso.

Encantada, Hernan.

Herman dijo...

Un placer, Claudia. Celebro que te guste. Vuelve cuando quieras.

Y a ti, amado Kafka, te pido disculpas por la temeridad de estos encantadores sacrílegos que mencionan tu nombre en vano.

Nosotras mismas dijo...

Esto es kafkiano.

Un abrazo

Pablo dijo...

Bueno. Como, mientras leía, pensaba en lo que voy a comentar, lo haré igual a pesar de que no resulto nada original:

Digno de Kafka.

Saludos.

Pablo

Las3Musas dijo...

Impecable. Metafísico.
Tu insecto es una maravilla narrativa.

Felicitaciones!
un beso
musa

Herman dijo...

Gracias, Nosotras mismas, por tu visita. La realidad entera es Kafkiana.

Lo mismo te digo, Pablo. Ojalá regreses por aquí.

Me emociona tu favorable dictamen, Musa. Así da gusto. Un beso.

Viridis dijo...

No puede ser de otra manera, Herman. Lo bueno (por no decir excelente) no puede permanecer oculto.

Besos, Viridis.

Herman dijo...

Definitivamente, vas a lograr que me ruborice. Mejor dicho, vas a lograr que me ruborice definitivamente. Es decir, para siempre. Rubor crónico se denomina. Tendré que comprarme ropa roja a juego con mi cara.
Gracias de corazón, Viridis.

Galleto dijo...

Muy bueno, Herman. Dos comentarios a entradas anteriores: 1 ¿Ese es el careto de mrozek? No me lo imaginaba así, es una mezcla de Günter Grass y Carlos Herrera.

2 Felicita a Blecua de mi parte por la foto que le publicastes, dile que un día me llame para tomar algo por Madrid, tú también estás invitado, por descontado.

Un abrazo.

Herman dijo...

En efecto, Galleto, ese híbrido al que aludes no es otro que un Slawomir Mrozek malencarado. Yo tampoco pensé nunca que pudiera tener bigote. Aunque sin duda lo lleva como recurso humorístico.

Descuida, le transmitiré a Blecua tu mensaje.

Abrazos opresivos.

El Viajero Solitario dijo...

Estupendo cuento, Herman. Tanto éste como "El secreto del universo". Un placer descubrirte.

Fdo: un vecino de abajo de los inéditos del síndrome.

PD. Con tu permiso, te enlazaré.

Herman dijo...

El placer es mío, Viajero. Ya he incluído tu blog en mi lista.

Elena dijo...

Me ha encantado. Como ya te han dicho antes, Kafka estaría más que complacido con tu relato. De veras que es genial.

Espero que estés disfrutando con Murakami.

Un abrazo

Herman dijo...

Desde luego, ha merecido la pena con creces haber urdido este relato. Gracias, Elena, por tu generosidad.

Murakami me tiene atrapado. Hay algo en su prosa sumamente adictivo. Es un autor con misterio.

Otro abrazo para ti.

hanksiolitico dijo...

El blog del viajero me trajo aquí. Sólo he leído este cuento, y me parece excelente. Es difícil dejar tan buena sensación con tan pocas líneas: has prescindido de lo superfluo y acertado con las palabras justas para exponer una idea muy original.
Muy bueno. Volveré.

Herman dijo...

Gracias, Hank, por tus alentadoras palabras. Eres muy amable. Espero que regreses por aquí.

impregnada dijo...

herman, es la primera vez que visito este blog, tu melancolía me ha atrapado y amenaza con quedarse impregnada sobre mi para siempre.

Un beso.

Herman dijo...

La melancolía tiene algo voluptuoso. Comprendo que te dejes abrazar por ella. Eres bienvenida, Impregnada. Otro beso para ti.

Lau dijo...

muy bueno